Conversar entre nosotros para reinventar la historia

Recuperar la conversación es la invitación que nos hace la cineasta argentina Lucrecia Martel. Pero no se trata solamente de volver a hablar con otros: se trata de recuperar la capacidad de escucharnos, de construir acuerdos y, sobre todo, de imaginar colectivamente otras formas posibles de habitar el mundo. En tiempos atravesados por la fragmentación, la violencia discursiva y la dificultad creciente para reconocernos en quienes piensan diferente, su propuesta adquiere una particular urgencia. El pasado 14 de agosto, en la Sala de las Américas de la Universidad Nacional de Córdoba, la directora de La ciénaga, Zama y del reciente documental Nuestra Tierra recibió el título de Doctora Honoris Causa, otorgado por las Facultades de Filosofía y Humanidades, Artes y Ciencias Sociales. Sin embargo, en el encuentro, Martel habló poco de cine. Su disertación se desplazó hacia las urgencias de nuestro tiempo y compartió con la audiencia algunas pistas para pensar cómo salir del atolladero deshumanizante en el que parece haberse instalado buena parte de la sociedad contemporánea. Lejos de ofrecer un discurso moralizante o una colección de certezas acabadas, interpeló a quienes la escuchaban a buscar salidas creativas y comunes. Y allí apareció una de las claves de su planteo: ninguna transformación será posible sin un trabajo con los otros. Tal vez allí radique la mayor potencia de su intervención. Porque lo que Martel puso en discusión no fue solamente la manera en que hacemos cine o contamos historias. Puso en discusión la manera en que estamos aprendiendo a mirar la realidad.

Las palabras son el gran arma para el acuerdo

En tiempos de discursos cada vez más violentos y frente a la represión de diferentes reclamos sociales, recuperar la importancia de las palabras y del diálogo parece ser una de las claves para proponer otro modo de habitar el mundo.

Martel comenzó su conferencia desarmando la palabra "conversar". El término proviene del latín conversari, asociado a la idea de "vivir en compañía" o "estar junto a alguien". Conversar, entonces, no sería simplemente intercambiar palabras: implica compartir tiempo, presencia y vida.

Si algo parece contrario a ese significado es el estado actual de las cosas. Vivimos en un tiempo en el que entablar conversaciones sinceras con los otros se vuelve cada vez más difícil. La discusión pública se encuentra atravesada por posiciones irreconciliables, por discursos que reducen la complejidad y por una lógica que muchas veces transforma al otro en un adversario antes que en alguien con quien es posible construir.

Existe, en este sentido, una profunda degradación de la conversación. Y cuando dejamos de conversar como práctica humana y como posibilidad de construir acuerdos, aparecen otras formas de relación: la imposición, la obediencia, la confrontación y la violencia.

Es algo que vemos cotidianamente tanto en los medios de comunicación tradicionales como en las redes sociales: discursos que buscan imponerse, reducir la diversidad de voces y establecer una única interpretación posible de los acontecimientos.

En este contexto, detenerse a conversar puede parecer casi un acto de ciencia ficción. Sin embargo, justamente allí reside su potencia política. Recuperar la conversación supone recuperar un espacio en el que el otro pueda existir, ser escuchado y participar de la construcción de un sentido común.

Necesitamos recuperar una lengua que nos pertenezca. Una lengua capaz de abrir conversaciones en lugar de clausurarlas; de sensibilizar la escucha en lugar de alimentar el enfrentamiento; de acercarnos a los otros en lugar de convertirlos en enemigos.

Porque conversar no significa necesariamente estar de acuerdo. Significa, antes que nada, aceptar que existe un otro con quien vale la pena hablar.

La narrativa del conflicto

Fue entonces cuando Martel llevó su reflexión hacia uno de los territorios que mejor conoce: el cine.

La narrativa cinematográfica -planteó- también tiene responsabilidad en la manera en que aprendemos a mirar el mundo. Para explicar esta idea dirigió su análisis hacia las estructuras narrativas de las grandes producciones destinadas al público masivo, particularmente aquellas en las que el relato se organiza alrededor de dos personajes o fuerzas antagónicas: un héroe y un villano, el bien y el mal, nosotros y ellos.

Pensamos en las grandes sagas cinematográficas, en las películas de superhéroes, en esos relatos en los que el conflicto entre dos protagonistas concentra toda la atención.

Pero ¿qué sucede con todos los demás?

En esos relatos, explicó Martel, no importan los extras. Son personajes que están allí, forman parte de la escena, pero carecen de protagonismo. Pueden morir, desaparecer o quedar atrapados en medio de la disputa sin que la historia se detenga demasiado tiempo para preguntarse quiénes son.

Y entonces apareció la pregunta que quizás más interpeló a quienes estaban en la sala: ¿Quiénes creen que somos los extras en el mundo actual?

Entre las risas nerviosas del público, esas risas que aparecen cuando una idea consigue atravesar nuestras defensas y hacernos reconocer algo que ya intuíamos, llegó la respuesta: nosotros somos esos extras a los que a nadie les importa.

Los extras son los chicos que mueren por falta de medicamentos, los adultos mayores que reclaman una jubilación digna, los trabajadores obligados al pluriempleo, quienes quedan fuera de las decisiones que determinan sus propias vidas, los palestinos y tantos otros sujetos que aparecen en las grandes escenas del mundo sin tener capacidad real para decidir el guion. La lista podría continuar indefinidamente.

La fuerza de la metáfora reside justamente allí: en mostrarnos que quizás hemos aceptado demasiado fácilmente el lugar de extras en una historia escrita por otros. Pero la pregunta que abre esta imagen es todavía más profunda: ¿qué sucede cuando una sociedad comienza a pensar su propia realidad con la misma estructura narrativa de una película de héroes y villanos?

Si todo conflicto necesita un enemigo, si toda discusión tiene que terminar con un vencedor y un derrotado, si solamente existen buenos y malos, ganadores y perdedores, protagonistas y extras, entonces la posibilidad de construir algo común se vuelve cada vez más pequeña.

Reinventar una narrativa que nos haga mejores

La estructura narrativa que aprendemos desde la escuela como estrategia para contar historias suele organizarse alrededor de algunos momentos reconocibles: una introducción en la que aparecen los personajes, el espacio y el tiempo; un desarrollo en el que se construyen los vínculos; un conflicto que funciona como nudo y, finalmente, un desenlace que procura cerrar la historia.

También aprendemos a construir personajes que representan posiciones contrapuestas. Unos encarnan determinados valores y otros representan aquellos que debemos rechazar. De ese modo, las historias nos enseñan a tomar partido.

Pero ¿qué ocurre si trasladamos esa estructura a la manera en que interpretamos la realidad? Si así aprendimos a contar historias, ¿no corremos el riesgo de terminar contando también nuestra propia realidad de esa manera?

La pregunta resulta incómoda porque obliga a pensar que las narrativas no solamente representan el mundo: también pueden contribuir a construir la manera en que lo vemos. Tal vez por eso necesitamos revisar las historias que nos contamos.

Romper con estas estructuras no significa abandonar el conflicto. La vida está atravesada por conflictos y contradicciones. Significa, más bien, dejar de reducirlos a una oposición binaria en la que necesariamente debe existir un héroe y un villano.

Porque entre esos dos extremos existe la enorme complejidad de la vida cotidiana. Allí están los que trabajan, los que cuidan, los que migran, los que reclaman, los que esperan, los que padecen, los que crean, los que se organizan. Están las historias que casi nunca ocupan el centro de la escena. Están los extras. El mensaje de Martel, en este sentido, tiene algo de optimista, pero de un optimismo realista. No se trata de ese optimismo edulcorado que circula convertido en una fórmula rápida para sentirse bien. Su propuesta exige detenerse a pensar.

Pensar de verdad. Buscar otras posibilidades. Poner la imaginación al servicio del bien común. Atreverse a cuestionar aquello que parece inevitable. Imaginar otras formas de narrar y, por lo tanto, otras formas de vivir juntos.

Su mensaje está dirigido especialmente a las nuevas generaciones, porque serán ellas quienes puedan comenzar a contar otras historias. Historias capaces de contenernos a todos, aun con nuestras contradicciones. Historias en las que la diversidad no sea un obstáculo que deba eliminarse, sino una condición propia de la construcción colectiva.

Y aquí la metáfora de los extras adquiere otra dimensión. No se trata solamente de reconocer que existen personas que han sido desplazadas hacia los márgenes de la historia. Se trata de preguntarnos qué ocurriría si esos extras comenzaran a intervenir en el guion.

Que los extras tomen el control del guión

Quizás la invitación más profunda que dejó Martel sea precisamente esa: imaginar una narrativa en la que los extras puedan dejar de serlo. Una narrativa en la que nadie sea considerado descartable. En la que las singularidades y las diferencias no determinen quién merece ser protagonista y quién debe permanecer en el fondo de la escena.

Para eso necesitamos volver a conversar. No como una ingenua apelación a la armonía, sino como una práctica capaz de reconocer el conflicto sin convertir automáticamente al otro en enemigo. Conversar para comprender. Escuchar para poder responder. Discutir sin destruir. Construir acuerdos sin borrar las diferencias.

En una época en la que parece imponerse la velocidad, detenerse a conversar es también una forma de resistencia. En una época en la que abundan las respuestas inmediatas, recuperar la capacidad de formular preguntas puede ser un acto profundamente político. Y en una época en la que tantas narrativas parecen decirnos que no hay alternativas, imaginar otras posibilidades puede convertirse en el primer paso para construirlas.

Martel nos propone buscar la trampa obvia de esa narrativa que nos convence de que no existe escapatoria. Tal vez esa trampa consista justamente en hacernos creer que la historia ya está escrita, que los protagonistas ya fueron elegidos y que a nosotros solamente nos corresponde ocupar un lugar secundario en la escena. Pero ninguna historia está completamente cerrada mientras existan personas capaces de imaginar otra.

Por eso necesitamos reinventar la conversación y reinventar las narrativas. Necesitamos contar historias en las que podamos reconocernos, historias que no necesiten excluir para construir identidad, ni destruir al otro para afirmar quiénes somos.

Imaginar sin restricciones. Detenernos a pensar. Buscar estrategias para salir de esta era de transparente crueldad. Dar lugar a los sueños aparentemente imposibles. Y, sobre todo, atrevernos a tener un sueño colectivo. Quizás ese sueño sea el comienzo de una nueva película. Una película en la que los extras tomen el control del guión y descubran que, después de todo, también pueden convertirse en protagonistas de la historia.

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