Violencia, trauma y deseo: las tramas sociales del femicidio

En este ensayo, la Dra. Gabriela Bard Wigdor analiza el femicidio de Agostina Vega poniendo foco en cómo el deseo, lo familiar y el orden colonial se intersectan en la violencia de género. Cuestiona la patologización mediática del agresor y la culpabilización de las madres, instando a romper el silencio cómplice de los entornos masculinos para asumir una urgente responsabilidad colectiva.

Por Gabriela Bard Wigdor. Dra en Estudios de Género. Investigadora Independiente del CONICET. Profesora de la Facultad de Ciencias Sociales de la UNC. gabrielabardwigdor@unc.edu.ar

Agostina Vega, una adolescente argentina de 14 años, fue víctima de femicidio el 23 de mayo de 2026 a manos de Claudio Barrelier, un hombre que era de confianza para el entorno familiar. Su cuerpo fue hallado una semana después, desmembrado, en un descampado del barrio Ampliación Ferreyra en la ciudad de Córdoba. Barrelier participaba de un partido político y trabajaba en la Municipalidad de Córdoba por recomendación de un concejal, quien había facilitado su ingreso al municipio. Fue, además, su abogado defensor en una causa iniciada en 2025 por privación ilegítima de la libertad de una mujer en contexto de violencia por razones de género, cometida, según pudo establecerse, en la misma vivienda donde luego asesinó a Agostina Vega.

Al contrario de las recomendaciones feministas respecto de cómo se debe cubrir en los medios de comunicación ese tipo de caso, los discursos mediáticos se ocuparon menos de narrar las tramas institucionales que sostienen a los femicidas y de las implicancias sociales y estructurales del fenómeno, para centrarse en la patologización del agresor, enfatizando además su pertenencia política partidaria, sobre el papel de la madre y de la familia en la responsabilidad por el asesinato de Agostina. Incluso hoy, en junio de 2026, gran parte de la opinión pública continúa preguntándose si la madre de Agostina cuidó o no adecuadamente a la adolescente, si mantenía o no una relación de noviazgo con Barrelier y por qué, siendo ella misma víctima de violencia de género por parte del padre de Agostina, no logró proteger a su hija.

Asimismo, cobraron centralidad hipótesis vinculadas con un supuesto ejercicio del trabajo sexual o situaciones de explotación sexual que habrían involucrado a Agostina, así como las responsabilidades atribuidas a la abuela y a la madre del femicida. De este modo, el señalamiento sobre la sexualización de la víctima; la supuesta complicidad, pasividad o negligencia de las mujeres en los casos de violencia de género, reaparece una vez más en el espacio público. Frases como “si quisiera irse, se hubiera ido”, “está ahí porque quiere”, “se la buscó” o “la familia no la cuidó” persisten en el imaginario social como mecanismos que obturan el pensamiento crítico y evitan una conexión sensible con aquello que nos duele, que nos traumatiza por nuestra impotencia extrema, por la pérdida de control sobre nuestra propia seguridad y porque nos interpela en nuestra responsabilidad colectiva. Me pregunto,

¿Qué negamos, hacemos, toleramos y reproducimos cotidianamente para que los femicidios continúen ocurriendo?

Los hombres que cometen femicidio no son sujetos extraordinarios, no provienen de lugares inesperados ni son extraños para el entorno de las víctimas. En la mayoría de los casos están integrados laboralmente, tienen amigos, practican deportes y llevan una vida social ordinaria. Puede que alguno cuente con antecedentes de violencia por razones de género; que sea explícitamente machista y sintomáticamente violento con las mujeres de su entorno, pero, por desinformación, omisión o complicidad, el entorno social lo naturaliza o no se ocupa de interpelarlo a tiempo. En efecto, los perpetradores de femicidios no son el único actor al que mirar en estas tragedias. Los entornos sociales de estos sujetos —y, en especial, los masculinos— son extrañamente interpelados sobre las propias violencias y las de su entorno. Es a partir de un evento trágico como el de Agostina y, sobre todo, virtualmente, que se les demanda reflexionar y accionar en torno al problema.

A nivel estatal y académico, sigue siendo escasamente abordada y estudiada la participación pasiva y activa de los varones en la reproducción cotidiana de la violencia por razones de género. Pregunto: ¿Cómo caracterizan los amigos, compañeros de trabajo o de espacios deportivos a aquellos varones denunciados por violencia de género? ¿Qué saben sobre el modo en que se relacionan con mujeres, personas trans y travestis, y cómo las interpretan? ¿Conversan entre ellos sobre estos temas? ¿Quiénes son las personas que conviven con los perpetradores de violencias extremas? ¿Qué sentidos producen sobre las formas de lealtad, temor u omisión que sostienen la continuidad del orden patriarcal? Explorar estas preguntas implica desplazar la mirada centrada únicamente en el agresor individual hacia las tramas sociales y familiares que, por acción u omisión, contribuyen a que los cambios sociales que necesitamos para evitar femicidios no ocurran al ritmo esperado.

En 2026, el Observatorio Nacional de MuMaLá registró 105 femicidios entre enero y mayo, lo que equivale a un asesinato por motivos de género cada 35 horas (MuMaLá, 2026). En el 60 % de los casos, el agresor fue la pareja, expareja o un familiar de la víctima, mientras que el 67 % de los crímenes ocurrió en el domicilio de la mujer o en la vivienda compartida con el atacante. Al menos 73 niñas, niños y adolescentes quedaron sin madre. Asimismo, apenas el 9 % de las mujeres asesinadas había realizado denuncias previas contra su agresor, el porcentaje más bajo desde que comenzaron las mediciones. Estos datos invitan a interrogar algunas certezas instaladas en el sentido común. ¿Se reducirían las tasas de femicidio si las mujeres denunciaran con mayor frecuencia a sus agresores? ¿O, por el contrario, la insistencia en la denuncia como única vía de prevención desplaza la mirada desde las responsabilidades colectivas hacia las decisiones individuales de las víctimas? Las preguntas deberían orientarse también hacia los procesos sociales, afectivos e institucionales que producen determinadas formas de masculinidad-feminidad y habilitan el ejercicio extremo de la violencia. ¿Qué ocurre en los entornos familiares, escolares, comunitarios y políticos de los varones que llegan a convertirse en femicidas? ¿Qué silencios, complicidades, legitimaciones o indiferencias permiten que ciertas prácticas de control, humillación y dominio sean naturalizadas mucho antes del desenlace fatal? Y, al mismo tiempo, ¿cómo comprender que amemos, deseemos o permanezcamos vinculadas a varones cuyas masculinidades se presentan como profundamente sexistas e incluso peligrosas?

Lo siniestro de lo familiar

La familia, la pareja y los vínculos afectivos aparecen como instituciones privilegiadas para analizar el fenómeno de la violencia por razones de género, en tanto constituyen espacios donde se replican relaciones estructurales de poder atravesadas por lógicas de apropiación y posesión. Al respecto, la noción freudiana de lo siniestro nos ayuda a pensar cómo lo familiar se vuelve amenazante. Lo siniestro emerge cuando lo íntimo y conocido reaparece bajo una forma extraña e inquietante, revelando que aquello que creíamos ajeno habitaba, en realidad, el corazón de lo familiar. Los femicidios íntimos parecen condensar esta paradoja: se nos enseña que el hogar, la familia, la pareja y los vínculos amorosos constituyen espacios de cuidado, refugio y protección. El peligro, nos dicen, habita afuera, en el mundo de lo público, en el territorio de los desconocidos. Sin embargo, lo íntimo puede transformarse en escenario de control, violencia y muerte. La amenaza no proviene del exterior, sino del interior mismo de las relaciones afectivas, revelando una mutación siempre posible de los lazos de amor en contextos patriarcales y capitalistas atravesados por múltiples formas de violencia.

Desde una perspectiva feminista descolonial, la familia moderna guarda en su interior una memoria siniestra de la empresa colonial: la apropiación de cuerpos, afectos y trabajos necesarios para la reproducción del orden social. Como señala Segato (2018), la colonización de Nuestra América implicó no solo la expropiación de tierras y bienes, sino también la reorganización de los regímenes de parentesco, autoridad y reproducción social. En ese proceso, las formas comunitarias de organización fueron progresivamente subordinadas a la familia heterosexual, convertida en unidad básica de reproducción material, moral y política de los Estados-nación occidentales. De la constelación de esos lazos familiares se constituyó la sociedad moderna, organizada en torno a unidades domésticas de parentesco y compuesta por individuos separados por intereses y deseos particulares; una forma de sociabilidad fundada en la fragmentación, la atomización y el aislamiento de los sujetos, obligados a vincularse como propietarios y socios antes que como integrantes de una comunidad política compartida (Chauí, 2008, p. 3).

En este marco, los vínculos de protección y pertenencia se organizan, por un lado, en torno a la familia y, por otro, en torno al Estado, ambas tecnologías territorializadas de poder. Estas instituciones administran y regulan el cuerpo-trabajo físico, afectivo y reproductivo de las mujeres, así como los frutos de ese trabajo: lxs hijxs. Controlar el cuerpo-territorio de las mujeres ha constituido históricamente una condición para el gobierno efectivo de los territorios y las poblaciones; por ello, la familia moderna puede pensarse como uno de los espacios privilegiados donde persisten y se reactualizan las lógicas de la colonialidad. Las mismas relaciones de apropiación, soberanía y control que estructuraron la empresa colonial son replicadas en el hogar, como un territorio en disputa, donde amor y dominación, cuidado y posesión, intimidad y violencia conviven de manera inquietante. De modo que el femicidio íntimo constituye la expresión límite de una soberanía masculina ejercida sobre el cuerpo-territorio de las mujeres, una soberanía cuya genealogía hunde sus raíces en la larga historia colonial de apropiación de cuerpos, trabajos y afectos.

En ese sentido, la opresión sexual colonial se articula en cada área de la vida social: desde las relaciones familiares y los lazos de la vida cotidiana, incluido el sexo, hasta las funciones públicas de gobierno y la economía. Quizás esto ya resulta una obviedad para los feminismos desde que Rita Segato (2018) nos ha enseñado tanto sobre el funcionamiento de la opresión colonial, pero parece no tomarse en su verdadera profundidad cuando debemos diseñar propuestas que aborden la problemática de manera integralmente reflexiva. Lo que acontece al interior de los vínculos sexoafectivos, en particular los heteronormativos, parece continuar siendo borroso a nuestro análisis, como si operara una suerte de ceguera ideológica patriarcal que debilita nuestra comprensión individual y colectiva del fenómeno. Al respecto, Bartky (2007) insiste con lucidez en que la sexualidad —no solo la conducta sexual corpórea, sino también el deseo y la fantasía sexual— necesita ser comprendida en su relación con un gran sistema de opresión: la cultura patriarcal. Esta lectura ayuda a comprender por qué mujeres y varones feministas, críticos, reflexivos, se encuentran igualmente envueltos en discursos, relaciones, deseos patriarcales y situaciones de violencia de género. La propia sexualidad, en el marco del patriarcado, es difícil que sea "políticamente correcta" con los principios feministas y con los conocimientos teóricos sobre las problemáticas que nos afectan.

Lo que cuesta desobedecer al mandato

El poder masculino se manifiesta de forma variada a través de distintos capitales: el económico, el intelectual, el social o cualquier muestra de destreza física que genera sumisión y respeto (Bourdieu, 2000). Estos capitales están investidos de un poder simbólico que resulta erotizante tanto para las mujeres como para los varones, si pensamos la erotización como aquello que seduce, prestigia, fascina y, por lo mismo, domina y somete. Por eso, en una sociedad sexualmente desigual en términos de clase, capacidad corporal, raza y género; los capitales mencionados son manifestaciones de privilegios y poder masculino por los que los hombres logran la subordinación de las mujeres y de otros varones en posiciones de desventaja social. El poder es simultáneamente percibido como una fuente de protección, ascenso simbólico y amenaza (Bartky 2007). La dominación se carga de erotismos, más aún en el neoliberalismo donde deseamos nuestra propia servidumbre (La Boétie, 2014/1574) en una fábrica incesante de manipulación del deseo.

Advirtiendo esta enorme complejidad social, un cuidado fundamental del feminismo consiste en distinguir entre la responsabilidad estructural y la responsabilidad individual en la producción y el ejercicio de la violencia. Resulta indispensable analizar críticamente la masculinidad y su relación histórica con la feminidad como dimensiones estructurales del orden patriarcal; sin embargo, los varones que ejercen violencia extrema constituyen sujetos concretos cuya responsabilidad singular y urgente no puede diluirse en explicaciones generales sobre la cultura o la socialización. Asimismo, necesitamos conversar sobre los modos en que las mujeres reproducimos prácticas, valores y mandatos machistas, no desde una perspectiva que busque equiparar nuestra posición con la de quienes ejercen la violencia o son cómplices de ella, sino para comprender que el patriarcado es un orden social que se sostiene mediante múltiples formas de consentimiento, adaptación, vigilancia y participación cotidiana.

Esta distinción resulta fundamental para evitar, por un lado, lecturas antifeministas que desplacen la responsabilidad de los agresores hacia las mujeres y, por otro, interpretaciones victimistas que nos desresponsabilicen por completo y, en consecuencia, nos priven de la potencia necesaria para pensarnos críticamente, desactivar los mecanismos de hipnosis patriarcal que organizan nuestros deseos y aprender a defendernos sin culpabilizarnos por haber permanecido o permanecer en determinados vínculos eróticos y afectivos con varones. Reconocer la dimensión estructural de la opresión no implica negar la agencia de las mujeres, sino comprender que dicha agencia se ejerce siempre en condiciones históricas desiguales. La tarea feminista consiste, entonces, en ampliar los márgenes de libertad y acción sin transformar la vulnerabilidad en culpa ni la crítica a la dominación en una nueva forma de responsabilización de las víctimas.

Necesitamos también descolonizar la imaginación. No podemos insistir en que tanto los agresores como las víctimas sean responsables, de manera individual, de su propia colonización. Los varones, sin duda, son producidos y moldeados por las estructuras patriarcales de la masculinidad; necesitamos transformar las condiciones materiales, afectivas y simbólicas de sus existencias para interpelar las conciencias y ampliar los horizontes de lo posible. De igual modo, ninguna transformación social significativa puede ocurrir si los sujetos no desean cambiar o si no se les impone una revolución; nadie cambia en soledad, ni únicamente por la fuerza de la voluntad. Los cambios subjetivos requieren entornos que los hagan imaginables, los acompañen, los sostengan y, al mismo tiempo, los demanden e impongan.

Segato (2026) sostiene que el llamado no es a que los varones "ayuden" a combatir la violencia; somos nosotras quienes, con nuestras herramientas feministas, terminamos ayudándolos a ellos y a nosotras al mismo tiempo. No es casualidad; los feminismos son un movimiento social global que lleva décadas creando, resistiendo, creciendo y pensándose. Por eso, cuando se pide a un varón que actúe en una dirección feminista, se le está pidiendo que vea algo que su posición estructural lo entrenó para no ver, porque el punto de vista del privilegio es eso: un punto de vista distorsionado. La distancia entre el rechazo declarado a la violencia machista y la acción concreta no es hipocresía simple, es la distancia entre una operación simbólica que no cuesta nada y una transformación real, incómoda, que exige ceder y perder algo —estatus, comodidad, certezas sobre uno mismo, relaciones que no sobrevivirán al cuestionamiento—. La pregunta entonces podría ser:

¿qué tendría que estar dispuesto a ceder un varón para que su posición frente a la violencia de género cambie?

Finalmente, acerca de los femicidas, quisiera dejar una reflexión polémica pero necesaria. Tal como siempre decimos, los varones machistas y violentos son hijos sanos del patriarcado, lo que nos conduce a la necesidad de revisar los pedidos exclusivamente punitivistas en relación con estos casos, y con muchos más conflictos cotidianos propios de las relaciones de género sexistas en el capitalismo. Pero el femicida de Agostina, los femicidas en general, son sujetos que han sido profundamente dañados por este sistema. Una de las mayores tragedias de la opresión y la desigualdad es que sus efectos, a veces, no tienen solución. Por ejemplo, la impotencia del dolor ante la muerte de una mujer por violencia de género, cuando dudamos si realmente era prevenible. Por ejemplo, las huellas psíquicas que el goce del poder patriarcal deja en varones que han sido socializados y se han radicalizado en la dominación hacia las mujeres. El patriarcado recorre las capilaridades de la personalidad y puede mutilar los parámetros éticos de una persona para siempre. Ningún movimiento político, por más antipunitivista, democrático y de liberación que sea, puede prometer el cambio o la reparación por parte de un femicida. Para ellos, el sistema penal debe funcionar: la cárcel perpetua, hasta que tengamos mejores opciones, debe ser su lugar.

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